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Warsaw,
Virginia, 7 de diciembre de 2009.
Northern
Neck Regional Jail.
Honorables
Congresistas de la República de Colombia
E. S. M.
Reciban un
respetuoso saludo seguido por el éxito de sus importantes labores legislativas.
Agradezco
la oportunidad que me brindan para hacer unos humildes aportes al propósito
político común de alcanzar la paz y la reconciliación, que es de la mayor
importancia para el presente y futuro de Colombia.
La ley de
justicia y paz se creó con el propósito de reincorporar a la vida social a los
grupos armados al margen de la ley que contribuyeran de manera efectiva a la
consecución de la paz nacional, y como tal está concebida con el propósito de
salvaguardar los derechos de las víctimas y de los desmovilizados, adoptando
estándares internacionales de justicia transicional con unas exigencias mínimas
en cuanto a verdad, justicia, reparación y no repetición, que le sirviera de
cauce a la fase judicial de un proceso de negociación político de paz para
ponerle término al conflicto social y armado que azota a Colombia hace 6
décadas.
Con
nuestro decidido compromiso y valiosa participación, a pesar de todos los
obstáculos que nos han colocado, la ley 975 de 2005 ha tenido su primera
aplicación práctica, y gracias a ello ha mostrado sus bondades, pero también sus
graves falencias que reclaman con urgencia reformas que se ajusten a las
exigencias de las realidades actuales del proceso de paz, del conflicto, dentro
del propósito político para el que fue creada, de los hechos y su contexto, para
que cobijen todas las circunstancias, personas e instituciones involucradas en
el conflicto armado, entre un Estado y una legislación que cumplan, que nos
protejan, que hagan posible vivir con plenas garantías de derechos humanos,
jurídicos y políticos. Esta ley reclama con urgencia que sea rescatada del
abandono en el que ha entrado, y en Ustedes honorables congresistas recae sobre
sus hombros la responsabilidad de solucionar los problemas que aquejan a las
poblaciones que los eligieron, especialmente cuando se trata de alcanzar la paz
con justicia social tan esquiva para todos los desprotegidos de la nación, que
son la mayoría, no pueden desconocer estas necesidades, y son los llamados en
medio de esta gran polarización en que se encuentra Colombia, no solo a
prorrogarla sino también, a hacer los ajustes y modificaciones a la ley 975, o a
crear las condiciones que sean necesarias para alcanzar la paz y la
reconciliación.
Son los
llamados a crear los mecanismos flexibles pero muy precisos para que los altos
tribunales y los operadores judiciales así como el gobierno y sus dependencias
no le den una libre interpretación, algunas veces con intereses acomodados y
malsanos, como mostraré más adelante, que han permitido lograr los vacíos que
tiene la ley, que se evidenciaron desde su creación y se aumentaron al ser
objeto de examen de constitucionalidad mediante sentencia C-370 de la Corte
Constitucional, cuando declaró algunos artículos fundamentales inexequibles, o
exequibles condicionalmente, más por cuestiones de forma que de fondo, y que se
han hecho evidentes a través del tiempo con la aplicación de la ley,
especialmente en mi caso y el de mis hombres por ser los que más hemos avanzado
al estar más comprometidos, y que para subsanarlos han tratado de ser llenados
con nueva jurisprudencia, que más que complementar la existente, lo que hace es
entorpecerla, porque además de los intereses que motivan a esa jurisprudencia
parecen pensadas para ser aplicadas a la criminalidad común de los Estados, y no
a la derivada de un conflicto social armado, civil e irregular, lo que además
genera desconfianza y no permite tener reglas claras de interlocución con las
víctimas, con los actores del conflicto y especialmente con los desmovilizados
que se debaten entre avanzar o retirarse del proceso de justicia y paz, ante
tanta incertidumbre, ante tanta inseguridad jurídica, política, física, en medio
de tanta violencia, de incumplimientos, traiciones, del genocidio que ha cobrado
la vida de más de 2.000 desmovilizados y centenares de nuestros familiares para
silenciarnos, del narcotráfico que el Estado no ha podido controlar, etc, etc,
constatando con dolor que la oferta real política de paz de este gobierno, se ha
convertido en más exclusión política, social, económica, aislamiento, cárcel
quizás de por vida por las falencias de la ley, extradición o muerte.
Hasta hoy es incierto tanto para las víctimas como para los desmovilizados, el
proceso de paz y la aplicación de la ley de justicia y paz que haga viable la
impartición de justicia, el esclarecimiento de la verdad, la reconciliación, la
reparación y la obtención de una pena alternativa de manera pronta, en un tiempo
que no sea violatorio de nuestros derechos fundamentales y que no exceda el
máximo tiempo de condena de 8 años que otorga la ley como pena alternativa. Con
la metodología de hoy no alcanzarán los años de este siglo para su aplicación.
Por ahora, si comparamos, la justicia ordinaria se aplica en menor tiempo, es
más rápida y sin tantos enredos metodológicos ni exigencias, y la condena máxima
que otorga de 40 años
[1] , se convierte realmente en una pena
de 6 años
[2] físicos de cárcel. Lo que además
significa que si en justicia y paz nos dan una pena alternativa superior a 6
años, estaríamos recibiendo una condena mayor a la máxima pena que nos darían en
justicia ordinaria si aportamos toda la colaboración que estamos
entregando en justicia y paz, lo que se ha convertido en otra de las causales
que tiene al borde del fracaso el proceso de justicia y paz, que además impide
el avance de otros actores del conflicto y que ha incidido fuertemente en el
rearme al darse cuenta los desmovilizados que no existe un verdadero sacrificio
de una buena dosis de justicia a cambio de aclimatar la paz, y por el contrario
lo que ven es que no importa cuánto hayan colaborado sus ex compañeros, las
condenas alternativas nunca llegan, ni siquiera en el caso de los que llevan más
de 8 años presos. En pocas palabras, lo que hay es un incentivo perverso para
que se silencie la verdad.
Al momento
de la creación de la ley de justicia y paz había un desconocimiento casi total
–excepto del gobierno Uribe al que le contamos- de la magnitud del entramado del
conflicto armado Colombiano de sus implicaciones y derivaciones, pero hoy
gracias al compromiso de muchos de nosotros los desmovilizados con el proceso de
paz y entre ellos el de reconstruir la verdad necesaria para sanar las heridas y
evitar la repetición de esta guerra fratricida que se viene reciclando hace
décadas por la responsabilidad del Estado y aun con su complicidad, ya se tiene
gran parte del conocimiento necesario para hacer los ajustes y tomar los
correctivos necesarios si en verdad no queremos seguir prolongando el conflicto,
el narcotráfico, la corrupción, etc, etc, y generando más víctimas.
El
panorama sigue siendo muy complejo mientras exista esta pugna de poderes, donde
el gobierno ha impedido que se conozca la verdad para no asumir, entre otros, la
mayor carga de responsabilidad que le corresponde a él y al Estado por tantos
años de conflicto armado, promoviendo una ley que impide que las poblaciones que
estuvieron desprotegidas por ellos y bajo el dominio y control de los diferentes
actores de poder del conflicto armado, cuenten sus verdades, sin ser
considerados delincuentes comunes, ni ser judicializados por contar los hechos
en los que por obligación les tocó participar, ni ir a ser proscritos ni muertos
civilmente o físicamente, en este caso, incluso por los nuevos actores que han
retomado los territorios que entregamos al gobierno después de nuestra
desmovilización donde viven o vivían, por la irresponsabilidad e indolencia de
este gobierno. Como está diseñada la ley, ni permite ni promueve contar la
verdad y por el contrario estas poblaciones deben ocultar o callar acerca de la
verdadera realidad del conflicto que les tocó vivir y a mentir cuando son
acusados por la justicia o indagados por la comisión de la verdad que creó el
gobierno, es por esto que si las poblaciones y todos no participamos en la
reconstrucción de la verdad, el gobierno y los jueces tratarán de establecer una
verdad histórica sesgada, parcelada, reescribiéndola empujados por sus pleitos e
intereses, egoísmos y retaliaciones desde el código penal y desde la comisión de
la verdad que creó y maneja el gobierno a su acomodo, sin tener en cuenta las
razones y causales políticas, sociales, culturales, sociológicas, económicas, de
seguridad, legales, ilegales e históricas que originaron y siguen alimentando el
conflicto interno colombiano, por eso les impiden participar, porque con ello
harían más evidente lo que ya es inocultable: el Estado es el mayor responsable
de esta tragedia nacional, del conflicto social armado que hunden sus raíces y
razones en la injusticia, la corrupción, en la violencia política impuesta por
los partidos y las clases dominantes, en la exclusión política y social, etc,
etc, o ¿ Acaso no fue la exclusión política, la falta de representación política
de los intereses más necesitados de la población, iniciando por la SEGURIDAD
cuando la guerrilla nos convertía en carne de cañón, por la omisión del Estado y
de aquellos que decían representar estos intereses, lo que nos convirtió en
víctimas y luego –como en este caso- reclutado por el estado, en actor del
conflicto, donde generamos violencia y víctimas? ¿Acaso el conflicto armado y
los actores del mismo, no somos la consecuencia de la exclusión política del
Estado, de cerrarle los espacios democráticos, de no brindar las garantías de
seguridad necesarias a las poblaciones? ¿Acaso esa exclusión y la falta de
representación política que ayude a solucionar las necesidades más apremiantes
de la población y defienda sus intereses no es lo que sigue generando más
víctimas, desplazados, violencia, pobreza, corrupción, narcotráfico y
prolongando el conflicto?
¿Acaso el
gobierno nacional no es el responsable y el garante de la seguridad y los
derechos humanos de los colombianos?
¿Por qué
se empeñan en negar las causas, satanizar a los alzados en armas señalando que
se trata de delincuencia desprovista de carácter político y no aceptar la
existencia del conflicto armado? Detrás de esta visión sesgada y maniquea anida
el fantasma de la guerra perpetua, porque desconocer que fuimos un actor
político del conflicto social y armado de Colombia, con un gran poder autónomo
en lo político, social, militar, económico, que fue de lo local hasta lo
nacional, en medio de un entramado legal e ilegal, privado y público, individual
y colectivo del que participaron para poder establecernos y expandirnos, las
fuerzas armadas, policiales y de seguridad del Estado, políticos, servidores
públicos, ganaderos, gamonales, empresarios, profesores, estudiantes,
campesinos, etc, etc, algunos -hoy judicializados- y que desde allí luchamos
también por conseguir espacios directos de acceso al poder público para dar
respuesta a las demandas no solo de seguridad para las poblaciones de todos los
estratos de las regiones que controlábamos, sino también a las demandas sociales
de las poblaciones marginales y más necesitadas.
Otro
ejemplo de ello y de los graves vacios de la ley que se tratan de llenar con una
libre interpretación, son algunas jurisprudencias emanadas de los más altos
tribunales nacionales, decisiones que como ciudadano respeto pero que, con todo
comedimiento considero no consultan las realidades del conflicto armado, y de
esta forma se reescribe la historia acomodada a una visión que no se compadece
con las verdades vividas, como sucedió con la sentencia que le reconoció a un
miembro de la autodefensa el delito político de sedición, reconociéndonos con
ello como actores políticos de conflicto armado y en fallos subsecuentes lo hizo
en forma contraria, desconociendo el delito político y de paso la realidad de lo
vivido. Además anuló la única sentencia que un tribunal de justicia y paz dicto
contra un desmovilizado y ordenó que no se pueden hacer imputaciones parciales,
solo de forma extraordinaria, lo que impide hacer acumulación de procesos que se
llevan por justicia ordinaria paralelos a los de justicia y paz, que en su
mayoría se han iniciado por las copias que compulsan nuestros fiscales en un
desgaste innecesario, violatorio de nuestros derechos fundamentales, también
hemos encontrado que los diferentes operadores judiciales no han podido cambiar
su paradigma y les ha sido difícil entender que la ley de justicia y paz
corresponde a una ley de justicia transicional, enmarcada dentro de una política
criminal del Estado colombiano que surge de la necesidad de esclarecer hechos
punibles que con el mecanismo tradicional de la ley ordinaria no se habían
podido esclarecer y conducían siempre a la impunidad, generando zozobra,
inseguridad y violación al derecho a las víctimas, por lo que en su parte
procedimental no debe aplicarse con tanta exégesis, porque de lo contrario nunca
habrá justicia y reparación menos paz y reconciliación. La fiscalía general de
la nación ha dictado unas resoluciones reglamentarias para la aplicación de una
metodología que nos tomará esta vida y la otra para su aplicación. Los
tribunales de justicia y paz aplican criterios diferentes a los de la fiscalía
general de la nación que no permite armonizar los procedimientos.
El
gobierno nacional además de tratar de llenar los graves vacíos de la ley con una
libre interpretación a través de sus decretos reglamentarios también se abrogó
cuando presentó el proyecto de ley de justicia y paz aprobado por el Congreso
algunas facultades que habilitan de manera activa su participación en la
aplicación de la ley a través de una serie de normas que hay que limitar, para
que con ello no pueda controlar la dosis de verdad, justicia y reparación que
debe darse, ni usurpe con ello la competencia de otras ramas del poder público,
en este caso la judicial, ya que estas normas le dan las siguientes facultades,
entre otras:
a.
Postular a quienes pueden ser destinatarios de la ley. Con esto el
gobierno decide quién puede y quién no entrar a contar las verdades que exige la
ley.
b.
Establecer a la agencia presidencial para la ACCION SOCIAL, como la
encargada de recibir, administrar y decidir qué bienes de los entregados por los
postulados tienen vocación de reparación. Esta agencia se ha negado
sistemáticamente y sin justificación válida a recibir la casi totalidad de los
bienes ofrecidos por los desmovilizados para reparar a las víctimas, para con
esto amenazar con la pérdida de los beneficios de la ley a los jefes
desmovilizados y así poder dosificar la verdad.
c.
La ley 975 estableció que los procesados y condenados por justicia y paz
pagarían sus penas en sitios especiales conforme a la reglamentación existente.
El gobierno no cumplió con ello y no ha permitido reunirnos a los antiguos
combatientes de cada bloque de autodefensa en un solo sitio de reclusión para
poder reconstruir las verdades con las circunstancias de tiempo, modo y lugar
que exige la ley, impidiéndolo a través del Ministerio del interior y justicia y
del INPEC, su dependencia encargada del manejo carcelario.
d.
Decidir sobre la extradición, la cual condiciono a través de un acto
administrativo donde estableció que no se produciría siempre que se cumpliera
con los compromisos adquiridos en justicia y paz. Acudiendo a la vía de hecho el
gobierno nacional incumplió la motivación de la resolución que impedía la
extradición, ya que hasta el día de hoy no existe una sentencia judicial de
autoridad competente en firme que demuestre que los miembros de las autodefensas
extraditados, incumplieron con los compromisos de justicia y paz; aún más, el
saliente fiscal general de la nación Mario Iguarán Arana aseveró en Mayo de este
año que “La fiscalía no ha encontrado elementos que soportan la extradición de
los desmovilizados de las AUC que están en justicia y paz”, lo que significa que
el presidente con nuestra extradición violó el principio constitucional de
confianza legítima y buena fe, el derecho a la presunción de inocencia, el
debido proceso, el derecho a la defensa, nuestros derechos fundamentales y los
de las víctimas y el principio esencial de la separación de poderes dentro del
Estado social de derecho, lo que demuestra la ilegalidad de nuestra extradición
para con ella silenciarnos.
Lo escrito
hasta aquí pone de manifiesto algunos de los graves problemas que afrontamos y
son ustedes como los representantes de las poblaciones afectadas por el
conflicto, unos de los llamados a ayudarnos a solucionarlos, por ello me atrevo
a hacerles algunas humildes recomendaciones:
1.- Hacer
unas reformas sustanciales a la ley y al proceso de paz, de reconciliación
articuladas y complementarias en lo político y social, con reglas claras muy
precisas que se puedan cumplir ajustadas a las exigencias de las realidades que
no fueron tenidas en cuenta desde el comienzo ni por el Gobierno ni por los
legisladores ni por las cortes que no dimensionaron la magnitud del reto y que
muestran con absoluta contundencia su insuficiencia ante el propósito de
alcanzar la paz con verdad, justicia, reparación y no repetición.
2.- Crear un
grupo interdisciplinario conformado por las distintas ramas del poder público
que se encargue de ejecutar el proceso de paz dentro del marco de la política
criminal planteada dentro del mismo. Por ejemplo, desarrollar versiones libres
colectivas y no individuales, implementando una metodología distinta a la actual
que sea muy eficiente y coherente con las exigencias del proceso, con el
objetivo de darle celeridad para no permitir que los procesos se vuelvan
incumplibles e interminables, y evitar que con ello se vulneren los derechos
fundamentales de las víctimas y de los desmovilizados.
3.- Crear
una comisión internacional de la verdad que permita la participación de las
poblaciones en la reconstrucción de las realidades que vivieron y que aún viven,
creando mecanismos que vayan más allá de lo estrictamente penal y de ser
necesario, que se pueda aplicar un principio de oportunidad con la finalidad de
hacer viable un diagnóstico real de la verdad que algunos tratan de ocultar y
disfrazar utilizando todo tipo de estrategias y eufemismos, diagnóstico que
sirva como punto de partida para encontrar fórmulas para alcanzar la paz y evite
se siga repitiendo y reciclando el conflicto armado o se siga reescribiendo la
historia acomodada a intereses mezquinos.
4.-
Involucrar la responsabilidad del Estado en el conflicto armado, entre otras,
para que no tenga pretexto de encontrarle una pronta solución y no se niegue a
reconocer a las víctimas, asuma su reparación integral, eficaz, oportuna y justa
sin discriminarles y evite que mañana se sigan presentando más víctimas.
5.-
Replantear la política de reinserción que ha sido un fracaso y otras de las
causas que han incidido en el rearme de muchos desmovilizados y el genocidio de
más de 2.000 de ellos.
6.- Repatriar
a los extraditados que estén dispuestos a avanzar en justicia y paz con el
objetivo de esclarecer los delitos cometidos durante y con ocasión de la
pertenencia al grupo armado, porque los de narcotráfico ya los hemos
esclarecido a las autoridades de Estados Unidos y desde este país jamás nos
darán las condiciones para cumplir con las exigencias de la Ley en Colombia y
menos con las víctimas. Permitirnos participar del proceso a través de una
videoconferencia resuelve el problema accesorio y no el fundamental para el que
fue creada la ley.
7.-
Implementar mecanismos eficaces con nuestra participación que permitan la
erradicación del flagelo del narcotráfico, conozco por qué fallan las
estrategias utilizadas hasta hoy, sé cómo ayudarles a reducir los cultivos en
más de un 90% en un tiempo no mayor a dos años y a reactivar las economías
lícitas que lo sustituyan.
8.- Los
delitos de las guerrillas y autodefensas están enmarcados dentro de un contexto
de guerra donde ejercieron control territorial, se sostuvieron en él, cobraron
tributación, impusieron la ley, la justicia y la disciplina en nombre de una
autoridad de facto, etc, etc, como actores políticos del conflicto social armado
al que fuimos llevados por la exclusión política, social y económica a la que
nos sometió el Estado, por lo que pedimos que se reconozca el delito de la
autodefensa como lo que es: un delito político y a su vez la participación de
quienes hayan pagado las penas en escenarios públicos y democráticos, para que
no tengan que seguir expresando sus ideas políticas a través de las armas y la
violencia, para que se puedan reinsertar a la sociedad con todos los derechos y
se integren legítimamente a la vida democrática.
9.- Abordar
el tema de la tierra dentro del conflicto armado y las reformas necesarias, ya
que la inmensa mayoría de tierras usurpadas en esta guerra no están en poder
nuestro, sino en poder de aquellos inversionistas que compraron cuando el
conflicto estaba en su expresión más álgida y se beneficiaron de ello, con el
grave perjuicio de los campesinos y colonos que quedaron en la mitad del fuego
cruzado y de un Estado que los desprotegió y no contuvo este conflicto y su
barbarie, que él mismo generó con su exclusión, y promovió con sus acciones u
omisiones, generando miles de víctimas y millones de desplazados.
El gobierno,
ustedes como Congreso y la justicia deben asumir sus compromisos y
responsabilidades para saldar la deuda histórica que tiene el Estado colombiano
con la nación entera, al excluirnos de darnos los beneficios de la paz que nos
deben y otros más, de los que solo unos pocos gozan, y de proteger y garantizar
la vida y demás derechos que esa gran cantidad de colombianos no tienen como
hacerlo.
Después de
todo lo sucedido no se entendería que no se incluya también permitir nuestra
colaboración después de la desmovilización. Permítanme por favor ayudarlos a
Ustedes y a la sociedad a mejorar y llevar a buen puerto este primer proceso de
paz enmarcado dentro de unos estándares de justicia transicional, soy el mejor
ejemplo para que juntos lo logremos.
Con todo
respeto,
SALVATORE
MANCUSO GOMEZ
[1]
Al momento de nuestra desmovilización estaba vigente la ley 600 que permite
un máximo de 40 años de condena.
[2]
Rebajas: Hasta del 50% por declararse culpable. Hasta del 25% por
colaboración (por favorabilidad de la ley 906). De aquí, 3/5 partes se
hacen en la cárcel y a esto se le obtiene una redención de 1/3 parte por
trabajo y/o estudio.
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